
Un grupo internacional de investigadores en neurociencia y conciencia ha reabierto un debate tan antiguo como la humanidad: ¿abandonamos nuestro cuerpo físico cuando dormimos?
Según recientes observaciones, durante las fases más profundas del sueño —especialmente en el sueño REM— el cerebro humano muestra patrones eléctricos inusuales que no encajan del todo con la actividad onírica convencional. Algunos científicos sugieren que estos estados podrían corresponder a una desconexión parcial de la conciencia del cuerpo físico, un fenómeno que distintas culturas han llamado durante siglos viaje astral.
Los investigadores explican que, mientras el cuerpo permanece inmóvil, la mente experimenta una expansión de percepción: sensación de flotar, atravesar espacios, observarse desde fuera o visitar lugares desconocidos pero extrañamente familiares. Lo más sorprendente es que miles de personas en todo el mundo describen experiencias casi idénticas, sin haberse comunicado entre sí.
“No podemos afirmar que exista un desplazamiento físico, pero sí una forma de conciencia que no parece limitada por el cuerpo”, afirma uno de los neurocientíficos del estudio.
Antiguas tradiciones como el budismo, el hinduismo o el chamanismo ya hablaban de un “cuerpo sutil” capaz de separarse del cuerpo material durante el sueño. La novedad ahora es que la ciencia moderna empieza a observar indicios medibles que podrían respaldar estas creencias ancestrales.
Algunos expertos creen que cada noche, sin saberlo, salimos, exploramos otros planos de realidad y regresamos antes de despertar. El recuerdo se pierde, dicen, porque la mente racional no está preparada para integrar esa información.
La pregunta que queda en el aire es inquietante:
¿y si dormir no fuera descansar… sino viajar?
Desde tiempos inmemoriales, sabios, monjes y chamanes han sostenido una verdad que hoy vuelve a resonar con fuerza: cuando el cuerpo duerme, el alma despierta.
Según estas enseñanzas, el ser humano no está formado solo por carne y hueso, sino por varios cuerpos sutiles. Al caer en un sueño profundo, el cuerpo físico descansa, pero el cuerpo astral se desprende suavemente y atraviesa dimensiones invisibles al ojo humano.
Este viaje no es caótico. Está guiado por un lazo energético —conocido en muchas tradiciones como el cordón de plata— que mantiene unida el alma al cuerpo, asegurando su regreso antes del amanecer. Mientras tanto, el viajero astral puede visitar otros planos de existencia, reencontrarse con conciencias antiguas o recibir enseñanzas que la mente consciente no recordará al despertar.
Muchas personas relatan sensaciones similares:
la caída repentina antes de dormir, el vértigo, la vibración del cuerpo, la certeza de estar “en otro lugar”. Para el misticismo, estos no son sueños, sino el momento exacto de la separación astral.
En el budismo y otras corrientes espirituales se afirma que el alma utiliza el sueño para recordar quién es realmente, libre de la identidad humana. Por eso, al despertar, queda una nostalgia inexplicable, como si se hubiera regresado de un lugar sagrado.
“Dormir es morir un poco… y renacer cada mañana”, escribían antiguos textos herméticos.
Los místicos aseguran que todos viajamos, pero pocos lo recuerdan. El olvido es un mecanismo de protección: la experiencia del astral es demasiado vasta para la mente despierta.
Y así, cada noche, en silencio, millones de almas abandonan sus cuerpos sin saberlo, recorren el universo invisible…
y regresan antes de que suene el despertador.
