
El maestro zen vietnamita Thich Nhat Hanh, referente mundial del budismo y la atención plena, dejó una de sus reflexiones más profundas sobre la vida y la muerte en su obra Vivir cuando muere un ser querido. Un texto que no habla de despedidas definitivas, sino de continuidad, presencia y transformación.
En esta contemplación, Thich Nhat Hanh nos invita a mirar más allá del cuerpo físico y de la idea tradicional de nacimiento y muerte. Según su enseñanza, el cuerpo no define lo que somos ni limita nuestra verdadera naturaleza. La vida —afirma— no tiene fronteras, ni principio ni final.
La muerte, lejos de ser un final, se presenta como una puerta, un umbral sagrado dentro de un viaje más amplio. Nacer y morir no serían más que momentos de tránsito, como un juego de escondite en el que las formas cambian, pero la esencia permanece.
El maestro utiliza imágenes poderosas para transmitir esta visión: el océano, el cielo lleno de estrellas, la mente verdadera manifestándose en todas las formas de la existencia. Desde antes del tiempo —dice— hemos sido libres.
Lejos de promover la evasión del dolor, esta reflexión propone una manera diferente de relacionarnos con la pérdida. En lugar de un adiós definitivo, se nos invita a decir adiós para volver a encontrarnos. Hoy, mañana, en cada instante y en todas las formas de vida.
Este mensaje ha acompañado a miles de personas en procesos de duelo, ofreciendo consuelo sin negar la tristeza, y esperanza sin recurrir a promesas vacías. Es una llamada a comprender que la conexión con quienes amamos no se rompe, sino que se transforma.
En un mundo que teme a la muerte, las palabras de Thich Nhat Hanh nos recuerdan algo esencial: nunca estamos realmente separados
