Galletas, snacks, bollería, refrescos, platos preparados… Los alimentos ultraprocesados forman parte habitual de la dieta de millones de personas.
Ahora, una nueva investigación publicada en Nature Metabolism aporta una pista especialmente interesante: nuestro organismo y nuestro cerebro pueden responder de forma diferente a estos productos frente a otros alimentos.
El cerebro también participa
Los investigadores estudiaron las respuestas metabólicas que se producen después de consumir alimentos ultraprocesados y analizaron cómo el cerebro representa el valor que damos a esos alimentos.
Los resultados apuntan a una relación entre la respuesta metabólica del organismo y determinadas respuestas cerebrales relacionadas con la recompensa alimentaria.
Esto resulta especialmente interesante porque podría ayudar a entender por qué algunos alimentos muy procesados nos resultan tan atractivos y por qué, en determinadas circunstancias, puede resultar difícil dejar de consumirlos.
Una cuestión que va más allá de las calorías
La investigación actual sobre ultraprocesados intenta descubrir si sus efectos dependen solamente de que suelen contener muchas calorías, grasas, azúcares o sal, o si también influyen otros factores relacionados con su composición y procesamiento.
Un gran análisis publicado recientemente, que reunió datos de más de 8,8 millones de adultos, encontró asociaciones entre un consumo elevado de ultraprocesados y un mayor riesgo de problemas cardiovasculares, obesidad, diabetes, enfermedades digestivas y otras patologías. Sin embargo, los propios investigadores advierten de que gran parte de estas evidencias son observacionales y no permiten afirmar que los ultraprocesados sean por sí solos la causa directa.
No hace falta obsesionarse
Esto tampoco significa que comer ocasionalmente unas galletas o un producto preparado vaya a enfermarnos.
La clave sigue estando en el conjunto de nuestra alimentación.
Priorizar alimentos poco procesados como verduras, frutas, legumbres, frutos secos, pescado, huevos o cereales integrales, dejando los ultraprocesados para un consumo más ocasional, continúa siendo una estrategia razonable.
Y quizá la próxima vez que sintamos que una bolsa de patatas fritas nos está llamando desde la despensa, podamos pensar que detrás de esa sensación hay algo más complejo que simplemente tener hambre.

